Alianza: 6. Primera vez

6. Primera vez: 

Siempre había imaginado el día de su boda. Sería en una finca de época, en esa había un precioso jardín con flores y unas escaleras que daban a una pequeña capilla. No era especialmente religiosa, pero la primera vez que vio ese lugar se enamoró y supo que se tendría que casar ahí. Por eso, verse en aquella habitación, de techos anchos y de madera, con muebles alargados y tapizados con elementos florales, el olor a antiguo y aquel enorme espejo con marco de oro era prácticamente como un sueño hecho realidad. Sabía que era una boda falsa, no había amor de por medio y no esperaba sus felices para siempre, pero se parecía mucho a lo que soñaba. Kaile era un buen hombre y seguramente sería un buen marido, incluso estando borracho intentó seriamente acostarse con ella, pero no había conseguido nada. No esperaba que esa noche su amigo se levantara, pero seguía teniendo la esperanza de que así fuera, por eso había decidido llevar aquella ropa interior. Unas braguitas blancas de encaje en conjunto con el sujetador sin tirantes, llevaba un liguero blanco y unos cuantos adornos que posiblemente él apreciaría al ser homosexual. Sonrió animada mientras dejaba que Sam le vistiera. Su mejor amiga no estaba muy de acuerdo con aquella boda precipitada, pero al verla tan feliz sencillamente aceptó ser la madrina y dama de honor junta a dos chicas más. Ninguna de las otras había visto el vestido, tan sólo lo podría ver Sam, puesto que ella era la más indicada para dar consejos de moda, para algo era estilista y para ser más exactos era su estilista y tenía que admitir que después de dos horas en sus manos había quedado preciosa. Parecía una princesa de cuento. El vestido no era muy ostentoso, era palabra de honor ceñido al escote y cayendo tan amplio como podía. Tenía pequeños bordados de flores y en la parte del pecho un decorado con una cinta azul que le daba un toque de color al blanco puro. El cabello lo tenía atado en un bonito moño y rodeado con flores que daban al velo que caía hasta media cadera de ella. El maquillaje de tonos azulados pero discreto, las uñas bien pulidas y pintadas con brillo, al igual que los pies. En su cuerpo no había un pelito y se sentía más fresca y libre que nunca. Cuando terminó de arreglarse su padre le esperaba en la entrada. Él sonreía orgulloso y le tendió el brazo para acudir al altar, donde la esperaba tan nervioso como ella Kaile.

La ceremonia fue preciosa, la mitad de los invitados terminaron llorando excepto los novios que intentaban controlar la risa. Ya días antes su recién marido le había explicado entre carcajadas que su familia tenía una tradición: hacer un discurso sobre el nacimiento del apellido, de como habían luchado para hacerse un nombre en aquellas tierras frías y lo orgullosos que estaban que el último miembro al fin haya centrado la cabeza. Y precisamente ese había sido lo que el maestro de ceremonias había dicho. Después que los novios dieran el si quiero, fueran felicitados por todo y fueran al convite, Freya se quedó un tanto distraída observando la cantidad de invitados que había. A decir verdad, por su parte tan sólo habían cinco o seis personas contadas, después de todo no encontraba que fuera un evento para más personas. Era verdad que todo era una farsa y le dolía tener que engañar a la gente que quería, pero sabía que si se casaba a escondidas sería peor, después de todo el anuncio de su boda no tardaría en llegar a los medios de comunicación, porque si los McClarie eran gente de dinero y muy mediática, por eso no le sorprendió ver algunas cadenas pululando entre los invitados. Para su suerte en ningún momento se acercaron a ella y sólo acapararon a su marido, que entre risas comentaba lo feliz que era y explicaba una vez más la mentira de como se conocieron. Así contemplando a la gente estuvo tanto rato que comenzó a sentir una extraña presión en el pecho. El aire le faltaba y la ropa le sobraba, por lo que diciendo que iba al baño decidió salir del jardín secundario para escaparse algún lugar de aquella antigua casa. Terminó perdida en una de las segundas plantas de la mansión, pero no le importó. El ruido de sus pies contra la madera le iba tranquilizando y la gélida brisa que entraba le iba secando el sudor que le corría por la frente. Suspiró más aliviada y decidió sentarse en un sofá que estaba en un salón. Abstraída en sus pensamientos y observando su alianza plateada no se percató que alguien le observaba no muy lejos de ella...

- ¿Estás bien?- preguntó una voz grave pero no mostraba signos de preocupación.

En su cómoda postura Freya dio un pequeño salto para encontrarse con alguien que no había visto anteriormente. El intruso era un hombre alto, de grandes espaldas musculosas, piernas fuertes y piel ligeramente morena. Llevaba puesto un traje negro a juego con su corbata, el pelo oscuro como la noche algo revuelto y unos ojos grandes de un color caramelo inusual. Su cara era muy masculina, mentón marcado, barba de pocos días y nariz afinada pero masculina, labios no muy grandes y cejas varoniles. Todo él exudaba testosterona, además con aquella posición despreocupada con las manos metidas en los bolsillos. A ella casi se le olvidó a respirar cuando sus labios se curvaron en una sonrisa divertida y algo malvada.

- Algo me dice que estabas huyendo de alguien. - dice con voz sensual, como si quisiera atraer alguna presa. Una alarma en su cerebro pensó que quizás era un periodista, por lo que se levantó de golpe y se arregló el vestido. Debía mantener la calma.

- Las grandes multitudes me agobian un poco...- explicó con voz calmada, aunque su corazón cabalgaba con violencia en su pecho. - así que decidí dar una vuelta. ¿A caso está mal?- enarca una ceja y se cruza de brazo con obstinación.

- En absoluto, Señora McClarie...- ríe y se acerca a ella mientras saca un cigarro y se lo pone entre los labios.- Es que me parece curioso que una novia feliz huya de su momento.

Sin más el atractivo hombre le guiñó un ojo y se alejó de ella, dejándola con las piernas temblando, el corazón descontrolado y un quemazón preocupante entre las piernas. En sus veintiseis años de vida jamás había sentido una atracción sexual directa hacia un hombre y ahora que estaba casada la sentía. Se dejo caer en el sofá para controlar sus piernas y sensaciones antes de volver a reunirse con todos los invitados de la boda. Aunque la intuición femenina le decía que volvería a ver a ese hombre entre aquellas personas, fuera o no un periodista.

No le gustaba bailar pero todos los invitados querían que la pareja hiciera el famoso vals de enamorados, por lo que arregañadientes los novios se pusieron en el centro de la pista y comenzaron a danzar mientras se susurraban chistes al oído. Mientras daban vueltas comprobó que entre el público se encontraba aquel hombre de ojos caramelo, fingiendo desinterés le preguntó a Kaile si lo conocía, él río a carcajadas y le comentó que era uno de sus mejores amigos, uno de los que dudaban sinceramente de su orientación sexual. Cuando terminó de contar eso Freya sintió un golpe en el estómago, porque había estado fantaseando con ese hombre, mientras se aburría entre conversación y conversación. Sabía que no debía tener motivos de sentirse mal, puesto que su marido no estaba enamorado de ella, pero sentir preferencia por uno de sus mejor amigos era la peor traición que podía hacerle a alguien y más si le consideraba su amigo. Suspiró e intentó olvidarlo pero su marido le pasó el revelo a ese hombre en la danza, mientras él bailaba con su madre.

- Hola de nuevo, princesita. - dijo burlón mientras le cogía de la mano y la entrelazaba a la suya y le cogía de la cintura. En sus movimientos no había ningún interés de posesión, pero todo él emanaba masculinidad y eso la volvía loca.

- Tengo nombre, ¿sabes?- farfulla intentando mantener la distancia.

- Lo sé, pero ahora eres la princesa de los McClarie... ¿como espere que te llame?- murmura burlón.


- Freya, llámame Freya.- dice cortante.- ¿Y tú, como te llamas?¿Señor acosador?- responde riendo.

- Einar, ese es mi nombre.- ronronea divertido.

Aunque quería hablar más con él, alguien le sujetó de la cintura y le apartó de Einar. Su padre exigía atenciones. Ella rió y dejó que su progenitor le estrechara entre su pecho masculino y peludo. Entre sus brazos se sintió un poco más tranquila y los nervios que había estado teniendo durante el día se evaporaron totalmente. Su querido papá tenía ese poder sobre ella. Sonrió contenta mientras dejaba que se la pasaran entre brazo y brazo. Al finalizar la fiesta tenía los pies hinchados y tan sólo quería quitarse los zapatos y dormir una semana entera, pero no podía ser, tenían que coger un vuelo para viajar a Venecia, donde pasarían su luna de miel.

Entre besos y abrazos se despidieron de todos y subieron al coche que les llevarían al aeropuerto. En el trayecto ninguno hablo, estaban tan agotados que se cogieron de la mano y durmieron durante el camino. Al subirse el avión repitieron lo mismo, cogidos de la mano durmieron todo el viaje. Al llegar al hotel era demasiado temprano para dormir, pero aprovecharon el jet-lag para ir a la habitación, hacer una siesta tal cual estaban vestidos y luego salieron a conocer mundo.


La noche llegó tan pronto que ninguno de los dos estaba preparado para lo que tenía que pasar en ese momento. El primero en hablar fue Kaile, algo que sorprendió mucho a Freya, al igual todo lo que hizo a continuación. Ella tan sólo llevaba sus pantalones cortos y una camisa de botones, que él se encargó de ir desabotonando poco a poco, mientras sus dedos rozaban sensualmente su piel. De sus labios no salieron palabras, tan sólo se oía el gemido de ella al sentir como él comenzaba a besar cada parte de su cuerpo. Cuando sus manos llegaron a su pantalón ya perdió el norte y le cogió la cara y le beso como nunca antes lo había hecho. Él a su vez le respondió con tanta necesidad como ella, se fueron quitando la ropa mientras iban descubriendo el cuerpo del otro. Kaile era suave, delicado pero sus besos ardían en su piel, cuando la penetró sintió que el mismo paraíso le abría las puertas para que ella entrara. Mientras gemía y se retorcía de placer la imagen de Einar se coló en su mente y pensó que era él quien la tocaba, que le hacía vibrar y casi sin quererlo se corrió. El orgasmo le espoleó de tal manera que la dejó tan atontada que no se enteró cuando llegó Kaile, pero no fue mucho después que ella. Ambos se quedaron tirados uno al lado de otros, con las manos unidas y sudados, cada uno pensando en sus cosas, pero con una misma idea... habían conseguido encontrar la manera para tener sexo y disfrutar de ello. Aunque no sabían cuanto más lo podrían utilizar...


Capítulo cinco
Capítulo siete
                                                                                                                                                                                                

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