Alianza: 2.Convenio

¡Y aquí vengo con el capítulo dos!
Realmente no tengo mucho que decir, así que... vamos allá.



2. Convenio:

La esperanza no viene en forma de dinero o de trabajo. Viene en forma de hombre. O eso pensó cuando vio como aquel sujeto se alejaba de ella con los hombros echados para delante y la cabeza baja. No entendía el por qué de esa iluminación, pero algo en aquella forma tan curiosa de conocerse le dijo que Kaile le ayudaría a pasar por aquel amargo camino.

De camino a casa estuvo imaginando que él vendría a buscarla en su caballo blanco, le ofrecería la mano y le sacaría de sus desgracias con tan sólo una sonrisa. Pero a medida que iba recordando la tarde a su lado, supo que aquella fantasía era tan imposible como que a ella le salieran alas. Principalmente porque en ningún momento mostró interés por las mujeres preciosas que pasaban delante de ellos, más bien, sus ojos se dirigían a los mismos que ellas: hombres altos, fuertes, con espaldas anchas y con una promesa de protección eterna. Más de una vez los dos se encontraron mirando al mismo varón, se devolvían las miradas y partían a reír. Por eso, sabía que aquellas imágenes de verlo subido a un caballo blanco eran imposible. Aunque como buena historiadora que era podía sacarse alguna trama de aquel encuentro, sabía que trabajaba en una empresa familiar y que buscaban empleados, por lo que quizás, en vez de ir a buscarla en un caballo blanco, lo haría en un auto negro y pulido. El punto era que ese hombre le iba a salvar de su cáos de vida. ¿Por qué lo sabía? No podría decir el motivo, pero cuando entró a su casa y observó como sus hermanos comían y escuchaba los lamentos de su madre por cocinar, sintió una cierta añoranza. Como si esa escena fuera una de las últimas que vería en mucho tiempo.

El móvil le vibró en la mesa de noche. Estiró la mano y buscó el aparato a ciegas. Al tenerlo en la mano miró a la pantalla y no reconoció el número entrante, por lo que se sentó de golpe en la cama, con el corazón latiéndole a mil por hora y con la esperanza de que fuera una empresa buscando empleados. Al atender la llamada una voz más bien avergonzada y tímida habló. Su cerebro tardó poco tiempo en reconocer la voz de Kaile. Después de un largo discurso de perdones le invitó a tomar un café y a desayunar si no le vendría mal. Por muy dormida que estuviera tenía un problema con la comida, así que aceptó la oferta y quedaron en el Furukroa, una cafetería cerca del puerto. Sin más palabras colgó y se quedó sentada en su cama, mirando el teléfono y esperando a que la emoción le burbujeara en el pecho. Espero unos minutos pero nada pasaba, supuso que aún su vena fantasiosa estaba dormida. Bostezó y se estiró antes de levantarse y prepararse para aquel misterioso encuentro.

El viento era bastante frío a pesar de que estaban a mediados de Junio. El olor a mar le golpeaba en la nariz y la brisa movía con desespero la falda azul marino que llevaba. Se alegró haberse puesto medias color carne y unos botines negros. Metió las manos en su abrigo negro y hundió un poco el cuello en la bufanda roja. Buscó en el paseo la cafetería y no fue hasta localizarlo sentado cerca de la ventana que se dignó a entrar. Durante el trayecto se había obligado a tener la mente en blanco, a no montarse películas o cualquier historia que pudiera hacer florecer el brote de la esperanza, por eso al sentarse dejó que fuera él quien diera todas las órdenes al camarero y comenzara a hablar. Mientras hablaba ojeó desinteresadamente la carta buscando aquello que estaba pidiendo para comer. Era de buen diente, pero tampoco tenía muchas coronas en la cartera. Había salido con lo justo y necesario para un desayuno medianamente accesible, por eso cuando se encontró dos ceros innecesarios en su pedido comenzó a sudar. Nunca había sido especialmente rata, pero en ese momento de déficit monetario tampoco le hacía gracia gastar por gastar. En su casa tenía café y magdalenas.

Cuando el camarero se marchó su anfitrión le miró, le hizo las típicas preguntas de cortesía y no fue hasta que los dos tenían los sendos platos en la mesa que no habló de aquello que le había motivado a llamarlo. En ese momento se vio en una crisis de intereses: tenía muchas ganas de escuchar lo que él le quería decir, pero aquel plato con pan de nuez abierto relleno de lechuga, tomate, queso, baicon, jamón y una salsa rosa le estaba tirando demasiado. Ahogó un gemido interno cuando él le miró y con una sonrisa divertida le invitó a que comiera. No tuvo que repetirlo dos veces. Mientras engullía su desayuno se sintió avergonzada, parecía que no había comido en años, pero por la mañana solía tener demasiada hambre y más si estaba sometida a estrés.

- Te he llamado Freya porque me gustaría comentarte una cosa...- comenzó a hablar mientras bebía con elegancia de su taza. No fue hasta que comenzó a comer él que se dio cuenta de la delicada educación que tenía. Comía el pan con cuchillo y tenedor, la servilleta estaba apoyada en sus rodillas y comía pequeños y discretos bocados.

- Eres muy cuidadoso.- murmuró sorprendida.

- ¿Tú crees?- sonrió divertido mientras se llevaba un trozo a la boca y ahogaba un gemido de gusto.

La conversación se desvió a los modales de Kaile, pero pronto fue interrumpida por el camarero que se llevó los platos vacíos cuando terminaron de comer. Entre sorbo y sorbo de café comenzaron a hablar sobre el tiempo, política y por último familia. Ella le explicó sin vergüenza su situación. No quería que él sintiera lástima, aunque tampoco le importaba si se compadecía un poco. Necesitaba consuelo y no le importaba de donde recibirlo. Por su parte él con voz ronca le aclaró su orientación sexual y agregó lo que suponía para un Arud ser homosexual. Su padre era un hombre muy conservador, educado con la religión cristiana más antigua y creyendo aún que la homosexualidad era una enfermedad. Por otra parte su madre era una mujer sin alma, se había vendido a la causa de su marido y no tenía opinión ni gustos propios, lo que significaba que cualquier cosa que su padre creyera negativa, ella lo haría. Todo no sería tan duro si tuviera algún hermano o primo con una mentalidad más abierta o menos retrograda, pero lamentablemente los Arud habían acabado con él, por lo que no solo tenía el peso de la opinión de sus parientes ancianos sino la obligación de continuar el linaje. Algo que debido a su condición sexual sería un poco imposible crear. Los hombres no podían quedarse preñados y su padre, tan poco futurista, creía que los niños probetas o inseminizados eran hijos de Satán.

- Y yo que creía que mi vida era una mierda.- logró decir con la voz ahogada.

- Cada uno tiene la mierda que le toca ¿no?- agregó él intentando ponerle humor a la desgracia.

- Tengo una leve idea de lo que me vas a ofrecer...- murmuró mirando su taza casi vacía- pero no sé si me estoy imaginando las cosas o haciendo una idea equivocada.

- Soy muy obvio, querida.- sonrió él cogiéndole de la mano.- y tú tampoco es que tengas nada mejor.

- Touche. - rió sin ganas.- pero ¿por qué yo?- le miró.- No me conoces y lo que sabes es un resumen de veintiseis años.

- Me basta por ahora.- le tranquilizó dándole un apretón de mano.- Y eres tú y no otra, porque mis amigos creen que soy un facha y me pego a la moda. No creen que sea gay y las mujeres que se me acercan realmente esperan algo sexual de mi.

- ¿Y qué te hace creer que yo no vaya a querer nada?- enarca la ceja.- Si nos casamos o sea lo que quieras que haga tendremos que tener relaciones.

- Eres una muchacha lista y la necesidad es la necesidad. Todos los gatos son pardos por la noche.

Su sonrisa divertida y avergonzada se quedo grabada en su cabeza durante el resto del día. Como un buen caballero antiguo le invitó a desayunar, también le llevó hasta su casa y le entregó su número de teléfono para saber su respuesta. Cuando se vio sola en su casa, con la inminente llegada de su familia, los asuntos diarios y sus problemas reales pensó seriamente en aquella oferta. ¿Qué era mejor? Una vida llena de mentiras que no has podido elegir o una vida hecha de mentiras pero que tu misma podrías construir. Quizás su cerebro no lo tenía muy claro, pero su corazón había tomado la decisión en el momento que Kaile le dio un dulce y tranquilizador beso en los labios al despedirse.


Capítulo uno                                                                     

Capítulo dos
                                                                                                                       
                                 

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