Proyecto Gea: Capítulo 3
¡Aquí estoy! Tenía intención de ponerme a escribir y cuando he abierto el documento me di cuenta que ya tenía ¡dos capítulos escritos! Así que posiblemente suba el siguiente más pronto...
Espero que me digas que te parece.
Capítulo 3:
El dolor no es suficiente para parar. La sangre que corre por mi ojo, aunque escuece, no me impide apartar los escombros de delante de mi. La pierna rota y la herida abierta del abdomen tampoco es impedimento para que llegue donde está él. Tengo que ayudarlo. Tengo que evitar que otro amigo muera.
Estoy apunto de llegar donde el tejado cayó, pero unos brazos me sujetan la cintura y me arrastran hacia atrás, justo antes de que una viga cayera delante de mi. Grito una y otra vez para que me suelten, pero mi captor no me hace caso. No tengo fuerza para luchar. La sangre se mezcla con unas amargas lágrimas que salen de mis ojos y el dolor de mi cuerpo herido comienza a hacerse notar. No dejo de gritar todo el trayecto, pero los brazos fuertes y amables de mi captor me acurrucan sobre su pecho. Sé que me dice algo dulce, pero no me importa. Sólo quiero llorar. Dejé que un amigo muriera, el último que me quedaba.
Sólo quedábamos dos. Y ahora sólo quedo yo.
Las vendas que cubrían su abdomen pronto se llenaron de sangre, un dolor lacerante le atravesó la columna y escuchó como cuatro costillas se le rompían, como la piel del muslo se le abría y como el ojo, que estaba cerrado por la costra volvía a supurar sangre y líquido seroso. Quiso gritar, pero tan sólo soltó un quejido lamentoso. Lloró y lloró.
Tenía el único ojo visible hinchado y rojo, las mejillas manchadas de lágrimas y sangre, la cama estaba encharcada y su camisón hospitalario ceñido a su cuerpo como una segunda piel. La técnico de enfermería que entró, no tardó ni dos segundos en hacer el grito de alarma. Esa vez, no intentó tranquilizar a nadie. Por suerte, estaba sola. No había familia ni amigos cercanos, así que se limitó a dejarse llevar por los sanitarios.
No era buena paciente, principalmente porque nunca estuvo enferma, por lo que siempre que acudía a un hospital como familiar veía las negligéncias con lupa, pero esa vez, poco le importo. Curaron lo más urgente, para luego llevarla a realizarle varias pruebas. Ningún medico entendía en qué momento podía haber tenido todas esas heridas, y ella tampoco decía nada. Le habían suministrado una tal cantidad de sedantes que ni un caballo podría hablar. O al menos eso creían todos. Estaba muy consciente de todo lo que decían, hacían o creían, pero no quería resolver la duda de ningún medico o especialista. Tan sólo quería dejarse llevar como una hoja en un rio…
- Se darán cuenta de tu estado.- habló Dimitri cuando logró que le dejaran entrar a la habitación.
- Suena como si estuviera embarazada...- se burló ella, sin mostrar el mínimo interés por su nuevo invitado.
- Te tenemos que sacar de aquí y pensar en cómo explicamos todo… - dudo al ver su cuerpo maltrecho y lleno de paños con medicina.- ...esto.- agregó incomodo.
- Bienvenido a mi mundo, Señor Presidente.- volvió a burlarse.
En el tiempo que había estado dejándose llevar, recordó que Dimitri y ella, se habían conocido bien de niños, aunque ninguno había tenido el placer de hablar cara a cara. Principalmente porque ella, era una Niña de Gea, y él era el nieto del Científico. Sus caminos se habían cruzado dos veces, pero cuando uno quiso reconocer al otro, sus vidas ya eran muy distintas. Ella era el número 14, y él era un estudiante de ciencias políticas en la universidad. Alguna vez, oyó al Científico decir que Dimitri se quería meter en política, pero jamás llegó a saber el motivo.
- Quiero… evitar que vuelva a pasar.- susurró, como si hubiera seguido el hilo de sus pensamientos.
- Sólo eres un congresista que comienza a hacer pacitos… - espetó ella mientras se incorporaba ya de bastante malhumor.
- Cuando murió mi abuelo, entraron a robar a su casa y… lo tienen todo. – en su voz se notaba la culpa.
- ¿Es que ese viejo lo guardaba todo?- su voz sonó acusadora y enfadada.
Dimitri no tenía la culpa, ella lo sabía, pero delante de sus ojos estaba un familiar de quien la había torturado durante años. ¿Cómo no quejarse?¿Cómo no castigarlo por su sufrimiento?
- Tenemos que encontrar quien lo robó, o hacer que esa persona nos encuentre...- dijo él, como si hubiera estado meditando el asunto durante mucho tiempo.
- ¿Hace cuanto tiempo que pasó?- preguntó al fin con voz relajada y sin acusaciones.
- Hace cinco años… - se sentó al pie de la cama.- cuando mi padre me entregó las llaves de la casa del abuelo para vaciar todo y ponerla en venta, encontré cientos de apuntes, videos y papeles que hablaban sobre el Proyecto Gea, al principio no sabía que significaba… hasta que vi las fotos de los niños y recordé algunas cosas.
- Vaya, entonces has esperado cinco años… -musitó mirándose las manos llenas de vendas.- ¿Por qué?
- Porque no sabía que seguías viva…
Esas palabras desbloquearon el último recuerdo que tenía del Científico. Él le hacía entrar en una cápsula. No era algo raro, puesto cuando tenían que inyectarle venenos o medicinas para tratarla, la solían meter ahí. Por lo que cedió ante la presión del viejo y se recostó en la cama artificial. Con dificultad escuchó como le pedía perdón una y otra vez, mientras de las rejillas del interior salía un humo blanco que le iba nublando la consciencia. Cuando volvió a abrir los ojos, estaba en la cama de su habitación. No tenía ninguna herida en su cuerpo, su ojo derecho tenía visión y notaba que había olvidado algo, pero no sabía qué era. Ese día cuando tenía veinte años, comenzó a vivir de nuevo.



Por todo eso, la protagonista tiene algo fuera de lo común. Es producto del Proyecto Gea.
ResponderEliminarUn científico que ha pedido perdón.
Y un secreto, del que alguien se apoderó.
Muy interesante. Un abrazo.
¡Me alegro que te esté llamando la atención! Estaba dudando de si seguir o no...jeje
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