Proyecto Gea: Capítulo 2

 Capítulo 2

Le habían ingresado en una habitación lo más alejado de la entrada, en una de las plantas más altas y menos concurrida. No tenía ningún compañero en el cuarto, tampoco el personal sanitario era abundante, por lo que si pasaba alguna urgencias, se podría encomendar algún santo si creía en ello. Quizás a otro paciente enfermo, aquello le supusiera una alarma o incluso una ofensa, pero mientras se encontraba sentada en la cama, con su traje de enfermo y mirando sus manos comprendió que eso sería lo mejor. Aún no encontraba las palabras para expresar todo lo que estaba viviendo, pero tampoco quería derramar lágrimas innecesarias. Todavía no había llegado lo peor. O mejor dicho, aún no quería enfrentarse a lo peor.

Sentado con las piernas cruzadas, con un traje negro y expresión distraía se encontraba el hombre que había ocasionado que se desmayara. Éste no parecía alarmado, pero por el leve movimiento de su pie y el tic inconsciente de uno de sus ojos, se notaba que no estaba del todo convencido de su misión ahí. Ella quiso tranquilizarle, pero no tenía voz para hacerlo. Hablar significaba abrir la caja de pandora y no sabía si quería hacerlo o no. Aunque estando en esa habitación y con un segurata parecía que no tenía otra opción.

- ¿Hasta cuando me vas a estar vigilando?- habló de una vez, mientras se acercaba al filo de la cama y miraba sus piernas blancas. Tomo aire y le miró a los ojos. – Eres consciente que puedo matarte si me da la gana ¿no?

Sus palabras tocaron la tecla que quería. El hombre se levantó de un saltó del sillón, se llevó las manos a los bolsillos y buscó una pistola. Antes de que el pobre hubiera podido apuntarla con el arma, ella se acercó con una increíble agilidad y rapidez, cogió la pistola y se la apretó contra la frente. Suspiró entre satisfecha y triste.

- La memoria muscular es una maravilla ¿No crees?- murmuró aún sin apartar la boca de la pistola de su cien.

- ¡No me mates!- gimió el hombre a pleno pulmón.- ¡Tengo hijos!

- ¿Y crees que eso me importa?

Sus palabras sonaron tan frías y sin sentimientos que el hombre dejó de pensar y se dejó hacer. No hizo falta usar la violencia, el hombre simplemente se desmayó del susto. Noelle tiró la pistola sobre el cuerpo y salió de la habitación.

Al cruzar el marco de la puerta sintió el cambio de temperatura entre el pasillo y su habitación. Extrañamente el pasillo era más cálido que el interior de su cuarto. A pesar de que tenía las piernas descubiertas y los pies descalzos, la fría superficie del suelo y el aire frío no le importó. Era como si esas sensaciones le mantuvieran consciente y que estaba despierta y no en una especie de sueño terrorifico.

- Te despertaste.- soltó una voz sorprendida no muy lejos de ella. Sentado en los bancos de los pasillos, un hombre alto, relleno y con cabello lacio negro le miraba con unos ojos azules claros.- pensé que el shock duraría más…

Emitió un gemido quejoso cuando se levantó de la silla para acercarse a ella con pasos seguros, aunque su mirada clara mostraba el terror y la tristeza que suponía estar ahí. A decir verdad, tuvo lástima por ese buen hombre, al igual por el otro que aún seguía inconsciente sobre la cama que había dejado atrás.

- No recuerdo haber tenido otros despertares...- agregó ella deteniendo su marcha y mirándolo, esperando alguna explicación o presentación. Aunque esa parte alerta de su cerebro le decía que ya sabía quién era.

- Han pasado más de diez años desde que fuiste a alguna misión o te hirieras.- musitó este con dudas, porque tampoco estaba seguro si había tenido algún accidente en aquellos años de vacío.

La incomodidad les obligó a hacer silencio entre los dos. Estaba claro que se conocían, que tenían bastantes preguntas pero no encontraban la forma clara para empezar una conversación que ninguno de los dos quería oír. Ella suspiró, le informó que debía volver a su trabajo y que hablarían más adelante. Antes de que él pudiera reprochar algo, le entregó una tarjeta con su número de teléfono y se alejó lo más rápido que pudo.

Mientras se volvía a poner su ropa, se miró todo el cuerpo desnudo en el espejo y se lamentó de que esa sería la última vez que lo volvería a ver así. No estaba del todo segura cuando ocurriría la regresión, pero si ese hombre estaba ahí, inquieto y con ganas de hablar, no dudaba que no faltaría muchas horas para aquello.


Nunca se había ausentado del trabajo, tampoco pedido algún día por causas personales y como mucho, alguna visita médica de su familia política. Nada más. Así que hablar con el supervisor de turno y comentarle que no se encontraba bien, fue como un palo de agua fría. No le gustaba mentir, pero no podía quedarse en el hospital sabiendo lo que iba a pasar. Necesitaba llegar a su casa, abrazar a su marido y mentalizarse de cómo iba a cambiar su vida. Se maldijo mientras se subía en el coche y conducía hasta su casa.

De camino recibió varios mensajes de compañeros y de su jefe, pidiendo alguna explicación a las que ella, evitó responder hasta llegar a casa.

Cuando dejó su bolso en el suelo y se quitó los zapatos se arrastró como una serpiente hasta llegar a la habitación, donde su marido dormía plácidamente. Colarse entre las sábanas y abrazarlo desde la espalda fue un dulce para su alma. Temía que esa escena no se volviera a repetir. Él se removió en la cama y le correspondió el abrazo, durante unos segundos notó como éste se preguntaba que hora era, pero el sueño pudo con él y volvió a caer en los brazos de morfeo sin ningún miramiento.

Esa noche soñó con algo que había olvidado. O más bien, con algo que le habían hecho olvidar y sabía que al día siguiente lo iba a pagar caro. En el sueño, una Noelle de seis años entraba en un despacho donde un hombre alto, rubio y con sonrisa amable le pedía que se sentara en una silla y le ofrecía una hoja donde poder pintar. Ella, inocente y curiosa, aceptó aquel regalo y comenzó a dibujar caras de niños llorando. El hombre la miró interesado y después le comenzó a hacer preguntas sobre su familia. Sin apartar los ojos del dibujo, le contestó a todas y cada una de ellas, con su lengua precario de niña pequeña y por último, con letras disparejas y de diferentes tamaños escribió su nombre. Al terminarlo se lo entregó al hombre y pocos minutos después una profesora de su clase la vino a buscar. Segundos después de que ella saliera, entró otro compañero de su clase. En ese entonces, Noelle tan sólo pensó que era un nuevo profesor que quería conocer o alguna prueba del colegio. Al ser una niña no le importó, tampoco lo pensó mucho. Pero la Noelle adulta maldijo que sus padres, aquel día la hubieran dejado sola con tan sólo la niñera. Si algún tutor responsable hubiera sabido que un extraño había llegado a su colegio a hacer preguntas personales a los niños, seguramente no les hubiera gustado y habría pegado el grito al cielo. O al menos, eso quería pensar ella.

Sebastian fue quien la despertó de su sueño. Sentía que tenía el cuerpo pegajoso, húmedo y que la piel le tiraba y dolía. No abrió los ojos, pero supo que parte de su cuerpo estaba lleno de heridas y que la sensación de humedad, era su propia sangre aferrándose a su piel y siendo absorbida por la propia sábana de la cama. Sólo pudo abrir un ojo, el izquierdo lo tenía cerrado por culpa de una costra de sangre. Quiso suspirar, quejarse e irse al baño para lavarse, pero su marido no dejó que hiciera nada. Sin preguntar, la cogió en brazos la metió en el coche y tal cual como estaban los dos llegaron al hospital, donde horas atrás ella había estado trabajando. Antes de que él pudiera bajarse, le pidió cambiar de centro. Él la miró enfadado, pero al notar la mirada nerviosa de ella aceptó y volvió a encender el motor del coche para llevarlo al hospital público. Éste no estaba más de una hora desde donde estaban. Al ser muy temprano, aún no habían coches y la zona de urgencias estaba vacía cuando cruzaron las puertas. El personal al verla empapada en sangre la atendió sin preguntar. Sabía que cuando ellos la evaluaran y supieran que no corría riesgo comenzarían a hacer cientos de preguntas.


Tenía el ojo tapado con varias gasas y envuelto al rededor de su cabeza. El cuello con apósitos pequeños por cada pequeña herida, los brazos envueltos en vendas y las manos y dedos llenos de tiritas. Tanto torso como piernas envuelto entre vendas, apósitos y tiritas. Era un cuadro. Parecía una momia de tanta tela blanca en su cuerpo. No se quejó cuando le obligaron a acostarse y a tener una vía con suero y a ingerir cantidad ingentes de líquido oral. A los pocos minutos le trajeron una bandeja con comida y algún que otro analgésico. A pesar de la mirada agónica de su marido ella no lo tomó y declaró que estaba bien. Nadie la creía. Una persona que estuviera llena de heridas no podía estar bien. Y menos con la variedad de heridas que había sobre su piel, desde arañazos, cortes, desgarros hasta orificios que parecían de arma.

- ¿Qué… pasó?- logró preguntar Sebastian con la voz ronca, acercándose a la cama y cogiéndole la mano con suavidad. Simplemente por maldad, ella se quejó de dolor y él dio un salto soltándole la mano.- ¡perdón, perdón!- suplicó él a punto de romper en llanto.

- Estoy bien...- aseguró y le abrazó. En lo que llevaba de mañana, no estaba segura de cuantas veces lo había dicho.

Las puertas se volvieron a abrir, un policía y un hombre con traje entraron acompañados del médico de urgencias. Los tres la miraron para luego reparar en Sebastian, que lloraba desconsolado sujetándole la mano. Noelle estaba convencida que no sabían si abrir un expediente de malos tratos o empezar una búsqueda de algún criminal. Para su suerte su móvil vibró dentro de la chaqueta de su marido. Él lo sacó y se lo pasó aún entre lamentos.

Cogió el aparato y atendió a quien posiblemente sería el señor de pelo graso. Al otro lado de la línea la voz grave y baja le avisó que estaban apunto de entrar, que si era buen momento. Ella aceptó y antes de que le pudiera dar tiempo a colgar la llamada éste ya había entrado en la habitación. Estaba vestido con una gabardina larga de color marrón, llevaba una boina del mismo tono y unos pantalones de pana negro. Los mocasines resonaron sobre el suelo mientras este se dirigía para comentar unas cosas con los profesionales. Éstos miraron la escena no muy convencidos y abandonaron la habitación. A los pocos minutos quién abandonó la habitación fue su marido por una llamada urgente de su trabajo. Se lamento mucho en dejarla, pero era algo que no podía dejar pasar. Noelle le sonrió y tranquilizó prometiéndole que después le contaría. Posiblemente la urgencia era algo gordo, porque sino, no la hubiera abandonado a mercé de un desconocido.

- Noelle Petrova, un gusto volver a verte.- dijo el señor de pelo graso sentándose al pie de la cama.

- Pensé que te habías olvidado de mi apellido Dimitri.- rió mientras le estiraba las manos y las cogía. Éste las tenía frías y temblorosas.- no te lamentes… no es tu culpa.

- Ojalá volver atrás en el tiempo...- deseó y calientes lágrimas caían por sus ojos azules.

Esperaron a que Dimitri se calmara antes de comenzar a hablar sobre lo que les atendía. Ninguno quería romper el silencio, pero fue Noelle quien habló primero. Algo le decía que si estaban en esa situación es que se había descubierto todo lo que años atrás había ocurrido, y de alguna forma u otra querían algo de ella, porque sino ¿por qué hacerle recordar?

Tenía que ser honesta, ese hecho le aterrorizaba. Sólo el recuerdo del inicio de todo le causó que todas las heridas se manifestaran de golpe, no sabía que pasaría cuando los demás recuerdos y eventos comenzaran a pasar delante de sus ojos, y de la manera que su cuerpo reaccionaria.

- Mi suegro… tenía una caja llena de documentos, videos, cassetes y grabaciones del proyecto.- susurro el mientras buscaba algo en el interior de su gabardina. Al encontrarlo arrugó la frente y luego se lo entregó.- es la última grabación que hizo.

- ¿La última? ¿La última de cuando?- exigió saber.

- Del día que acabó todo…

Una neblina comenzó a apoderarse de su visión, los cortes y heridas de su cuerpo comenzaron a resonar con la llamada de un recuerdo y antes de que éstos fueras lo suficiente fuertes para noquearla se recostó sobre la cama y cerró los ojos.

- Esto va a doler…

le dijo a Dimitri antes de dejar que su subconsciente navegara por un mal de recuerdos que tan sólo lo provocarían mucho, mucho dolor.  

Comentarios

Entradas populares