Jueves de relato: Refugio
Mi vida de adulta ocupada se detiene un segundo, para poder volver a mis hobbys, sin sentir culpa alguna... he tardado 6 años en lograrlo. Necesito aplausos interiores.
Desde que nació F no he vuelto a participar en un reto, más que nada porque no tengo la constancia de hace años y tampoco el tiempo material para hacerlo, pero desde hace bastante que me hacía ganas volver a participar en uno... así que aquí estoy.
El blog de El Demiurgo de Hurlingham es mi principal entrada de conocimientos de retos, y éste llamado Éste jueves, un relato. Es uno que siempre he tenido ganas de participar... principalmente el anfitrión que abre el jueves propone un tema y tenemos que seguir sus reglas. Él tema de ésta semana es escribir sobre objetos que tengan vida, o que mantengan recuerdos... algo así. Y da la casualidad, que desde que viajé a Dublín y me perdí intentando llegar a un hospital, encontré un sitio maravilloso que me inspiró mucho... Si te da ganas, puedo contarte cosas maravillosas que me pasaron a mi. Muchas de ellas, reprochables...pero bueno, era joven e inocente...
Refugio
Una vez fue un lugar donde las flores florecían, en el que los animales reposaban entre la hierba mientras los cálidos rayos del sol, le calentaban las peludas panzas. También un sitio, donde las personas solían aligerar sus cargas, sus pesares y males, más de una vez, ahí abandonaban sus cuerpos y se unían a la naturaleza que en esas verdes y largas colinas ofrecían a quien con corazón honesto les visitaba.
En lo alto de la colina se encontraba el Sanatorio Molly. De altas paredes blancas, grandes ventanales acompañadas de alargadas terrazas. Zonas abiertas, donde los enfermos disfrutaban del azul del cielo, mientras dejaban en la ciudad, no solo la enfermedad, sino la angustia de poder ser una carga para su familia. No era un lugar ideal, pero ahí las personas y animales, plantas y almas, gozaban una libertad que en otros lugares no había. Quizás, y debido al gran amor que Molly había puesto en construir aquel lugar, sus paredes de roca blanca, los suelos de granito y las escaleras de caracol habían obtenido una alma. Una leve presencia que acompañaba a quién ahí habitara. Era un susurro suave, una brisa cálida que calentaba la piel fría del moribundo, un vaivén suave a un niño enfermo, o incluso la compañía transparente de un ciego. Todos sabían que el Sanatorio Molly era especial, pero no lo suficiente para poder sobrevivir al paso del tiempo...
La colina siempre verde, había perecido, las flores perenes habían dejado de nacer y los animales, habían huido a lugares más cálidos. Las almas de los muertos y la invisible presencia del Sanatorio no tuvieron más remedio que quedarse solos. Viviendo a través de los recuerdos del mobiliario que aún seguía intacto a pesar del tiempo. Las risas fantasmales de los niños correr por los pasillos largos, las charlas cálidas del personal en la terraza y la sombra, del sol que siempre calentaba aquellas firmes paredes. Todos eran recuerdos que nadie conservaba ya. Una pena, solía susurrar el fantasma de Molly mientras atravesaba las paredes, y saludaba con tristeza a la moqueta enmohecida de la entrada, o acariciaba las camas envueltas en polvo que aguardaban volver a ser de utilidad.
Nadie ahí creía volver a recuperar la luz, la vida y la magestuocidad que algún momento aquel lugar tuvo. O eso creían todas las almas que aguardaban su desenlace sin poder hacer nada. Sólo esperar. Esperar que el tiempo fuera amable con ellos y acabara de desintegrar aquello que aún quedaba. Pero el tiempo, el destino y los Dioses son especiales. Entre su crueldad y bondad, también existía el tedio de la eternidad, por eso, cuando una mujer huía de la inclemencia del tiempo, le mostró entre lo árboles muertos, entre las montañas grises y la niebla densa, aquel castillo vuelto nada. El cartel que una vez anunció qué era ese lugar, había desaparecido, así que la joven, envuelta en su capa húmeda, camino entre la hierba alta, evitando las ramas caídas y restos de piedras del suelo hasta llegara la entrada del edificio. Las puertas grandes de roble se abrieron y crujieron antes de que pudiera tocar la madera. Ella entró desconfiada, pero dispuesta a enfrentar cualquier adversidad que hubiera ahí dentro, nada podía ser peor de lo que ella estaba huyendo...
Los pasos de vida resonaron a través de las altas paredes de piedra blanca, los cuadros decorados en polvo observaban a la intrusa, mientras las ya roídas cortinas se movían por la brisa que se colaba entre las ventanas rotas. Los suelos sucios, alguna camilla abandonada en los pasillos, las camas hechas pero sin gente y las zonas comunes, donde alguna vez hubo vida, la recibía expectante. Ni ella, ni las almas sabían que esperar, pero una cosa si era segura... en los ojos de la joven, había una promesa muda que le hacía a aquellos lamentosos objetos... en algún momento, volverían a brillar. De eso, no tenía duda.



Comentarios
Publicar un comentario
¿Y tu qué opinas?